jueves, 20 de diciembre de 2007

Si...


Dice Sabina, “A mis cuarenta y diez, cuarenta y nueve dicen que aparento…”
Es el intento constante de la imbecilidad humana de quitarse años. No digo que hay que aceptar la inevitable llegada de la vejez, sino aceptar que el paso del tiempo, es justamente eso…vivir, independientemente de ello.
Estas plantada frente a vos misma con 50 años en tu haber y hubieron muchas cosas que te dan la pauta de haberlos merecido. No sólo la gracia de estar transitando por este mundo, sucede que es el pase de salida a la muerte, y sin la promesa de morir alguna vez no viviríamos nunca. Creer o no en Dios, ese algo nos dio la vida. La naturaleza responde al estimulo de las ganas de estar vivos, aun cuando hallamos deseado no estarlo muchas veces. Cada día es un maldito esfuerzo espiritual pero también una enseñanza divina. A la espera de algo nuevo que nos de un aliento placentero para cargar la mochila de ganas...y termino hablando de mochilas cada vez…trato de evitarlo y no puedo.
Me cuestiono a veces si pude dejar atrás estos males que flotan a mi alrededor, soy el efecto, la consecuencia de muchos hechos que pude haber evitado y sin embargo no me reprocho absolutamente nada. Ame, ame con locura y sin medida, a cada persona que se merecía mi corazón, fui amada y cuando deje de sentirlo levante mi carpa y segui por otro camino. Lo que hace mal no me sirve, lo que me hace mal lo deshecho. Aprendí en 30 años mas de lo que hubiera imaginado. Estoy en busca de un camino espiritual para el cual no pensé jamas estar preparada y me quería condenar a un laboratorio químico para analizar la anatomía humana, cuando estaba escrito que debía encontrar mi propio espíritu.
Libros, apuntes, noches de mates incansables, lapiceras, hojas, calculadoras, números, números, números que sólo cuentan la cantidad de años que tengo y tal vez algo que compre para cubrir las carencias de la infancia, pero la paz no pone precio. Me di cuenta que he vivido buscando algo que no logre alcanzar y en un viaja hacia adentro, como aquel que escribí alguna vez, ya no estaba ni Daniel ni aquel amor de adolescente, ni mis padres, ni hermanos…estaba escondida en un rincón, detrás de todos ellos. Y al fin me vi…acurrucada y temerosa, esperando que algo me rescate de mi misma. Y me mire a los ojos y me dije que no sufriría mas de lo que mi alma puediera soportar, y me di la izquierda del corazón y la derecha del timón que me llevo a navegar de regreso al puerto donde quede anclada. Y al fin comencé mi camino.




MD